De la lluvia y los paraguas 1/2
¿Por que las cosas siempre tienen que salir como uno no quiere? ¿Por que cuando tenemos todas nuestras ilusiones puestas en algo al final siempre resulta que hubiese sido mejor guardárnoslas para nosotros?
Hay preguntas que pueden matar a alguien, otras que pueden revivirle. Desafortunadamente siempre nos solemos encontrar con mas de las primeras que con las segundas, y francamente es una autentica jodienda, por que por lo visto siempre, siempre, tenemos que tragarnos nuestras propias opiniones, callarnos y aguantar el chaparrón por mucho que nos llueva, por que, y eso es lo importante, nunca se encuentra un paraguas a mano cuando uno lo necesita, o un taxi que te lleve de vuelta a la case départ.
No, lo que siempre pasa es que tenemos que dar toda la vuelta al tablero para volver a empezar, y para cuando llegamos muchas veces ya no tenemos ganas de echar otra partida. Así son las cosas, la vida es un juego de azar, y la fortuna juega con los dados trucados y las cartas marcadas. ¿Injusto? Quizás, aunque afortunadamente hay gente que tarde o temprano acaba por ganar. A mí siempre se me ha dado mal el juego, con eso os lo he dicho todo. Siempre me trago los faroles y nunca me doy cuenta de cuando retirarme a tiempo de una partida que no puedo ganar.
Perseverancia, que bonita virtud, que bonita palabra, aunque para algunos resulta una cruz. Andar los pies descalzos sobre cristales para luego tirarse en plancha a la piscina de la vida… y no contento con ello volvemos a tirarnos, mientras otros miran desde el borde, divertidos, como aquel gilipollas se ahostia una y otra vez.
Paciencia, madre de la ciencia. Peor que el cianuro, diría yo, al menos el cianuro te mata más deprisa. Ser paciente es ser capaz de soportar las penas de los demás mientras tu gritas en tu interior con la esperanza de que se den cuenta y al final te pregunten “Oye, estas bien? Te pasa algo?” Por supuesto que si, no nací con esta cara de amargado.
Timidez, compañera de todas las demás, cuando no dices nada por miedo a molestar, o simplemente cuando piensas que no merece la pena molestar a nadie con tus neuras, por que en definitiva y en el fondo a nadie le va a importar realmente. Timidez, cuando durante años te callas lo que sientes por alguien, mientras ves a esa persona saliendo de una relación para entrar en otra, y tu pensado “al final se dará cuanta que soy buen tipo, y que los otros son unos soplagaitas que no la/le merecen”.
Sueños, cuando te despiertas cada mañana con el sabor de sus labios sobre los tuyos, cuando piensas “seguro que sería más feliz conmigo”, cuando repasas una y otra vez lo que le vas a decir para al final no encontrar el guión de tus pensamientos, cuando la palabra “amigo” se convierte en “amor”.
En definitiva, sueños. Miedo, eterno compañero. Miedo al eterno “no”, miedo al si, miedo al qué dirán, a estar solo y ver en sus ojos el rechazo, o peor aun, a ver la risa en sus labios. Miedo que paraliza, que te hace pensar si debes o no debes, y si al final como el gilipollas del trampolín te lanzas en plancha a la piscina te das cuenta que la piscina esta vacía, y cayendo piensas “no puede doler más de lo que duele ahora”.
Mentira, duele, pero quizás no tanto como la Vergüenza, vergüenza de preguntar, y ganas de esconderse bajo una roca para no tener que decir nada, y a la vez ganas de salir gritando, pletórico, romperse la voz diciendo “QUIERO ESTAR CONTIGO!!!” para luego morir de nuevo. Vergüenza de haber pensado que podría funcionar y no ser así, de preguntar “¿quieres salir conmigo?” cuando ya sabes cual es la respuesta, pero aun así tú, en tu vena masoquista vas y preguntas. Y dentro de ti, más cerca de lo que piensas una voz que te dice “eres tonto de remate” y al darte la vuelta no ves a nadie, y caes en la cuenta que esa voz era la tuya. Serás gilipollas.

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